Karen es una adolescente que atrae a mafiosos. Es alta, tiene el pelo larguísimo: le llega a la cintura. Lacio, muy negro. La piel blanca, los ojos de un color azul celeste casi transparente y un cuerpo bonito. Usa uñas postizas a la moda: largas y con chispas minúsculas de colores encima. Apenas tiene 17 años, pero su silueta curveada la hace aparentar más edad.
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Aarón tenía dieciséis años. Murió a las 6.45 de la mañana el 20 de noviembre del 2010, cuando su cuerpo apenas tenía cinco por ciento de vida según los doctores. Un médico del Instituto Mexicano del Seguro Social le operó un cáncer sin saberlo. Creyó que la bolita en el cuello se trataba de un quiste y la extirpó sin estar seguro, sin antes practicarle una biopsia. De inmediato el cáncer se expandió y llegó hasta la médula. Lo mató pronto.
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Ningún bullicio podía hacerlo pensar en otra cosa que no fuera esa enfermedad incurable que le habían detectado un par de minutos atrás. Sacó el celular del bolsillo del pantalón algo nervioso, luego hizo una llamada a la persona que supuso lo contagió, pero ella apenas lo escuchó.
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Se fijó en el espejo y se percató del involuntario reflejo de unas ojeras espesas que le daban un aspecto triste a su rostro, aunque no hizo nada por remediarlo. En la noche había esperado a su esposo con los niños en la mesa pero José no llegó a cenar. Lizeth, preocupada, retorció los labios antes de irse a dormir. Pasaba de la media noche.
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